Seleccionar página

Mi pareja y yo discutimos mucho

Una de las frases que escucho con más frecuencia en sesión es, sin duda, “mi pareja y yo discutimos mucho”. ¿Te suena?

Seguro ya sabrás en tus propias carnes que las discusiones de pareja son algo común dentro de las relaciones, a medida que aumenta la convivencia. ¿Pero, en serio tenemos que resignarnos?

¿Cómo es que antes estábamos de acuerdo en todo y ahora todo es un motivo para discutir? 

Si miras atrás, te darás cuenta de que esa relación idílica donde ambos vivíamos pletóricos de felicidad y romance quedó en el pasado. Eran los encantos del enamoramiento que nos tenían un poco ciegos.

Cuando acaba el enamoramiento, empezamos a ver con más claridad nuestras diferencias y comienza
la controversia.


¿Quién tiene razón?


Surgen entonces las típicas frases que inician por “siempre” o “nunca” (siempre haces lo mismo, nunca
me escuchas…). También la costumbre de sacar los trapitos al sol, al decir: “pues tú también me hiciste
esto el otro día”. Todo se centra en intentar ganar la discusión y en la lucha de quién puede más.


¡La lista puede ser interminable!


Si bien las diferencias son algo absolutamente normal en las relaciones, estas pueden llegar a volverse
peligrosas cuando:

  • Nos creemos con el derecho de faltarle el respeto al otro por pensar diferente.
  • Discutimos todo el tiempo y eso se convierte en nuestra rutina.
  • Los problemas y conflictos son los protagonistas principales de nuestra relación.
  • Nos hacemos daño, sin medir la magnitud de las consecuencias de nuestras palabras y de
    nuestros actos.


Realmente, es muy duro pasar de experimentar las emociones más placenteras y excitantes del
enamoramiento, a las más difíciles e incómodas de sostener, como la tristeza, la rabia, la desilusión, la
decepción, la incertidumbre, el miedo a no sentirnos queridos… Y todos estos sentimientos con la
misma persona..

¿Es normal que una situación como la descrita nos desequilibre tanto?

Lo primero que debemos entender es que todos somos diferentes y que llevamos con nosotros un
mundo de creencias y valores, producto de nuestra convivencia con familiares, compañeros de clase,
amigos, conocidos, etc., que determina nuestra personalidad. Cada quien piensa, cree y actúa a su
manera.


El conocimiento del otro es un proceso que se va madurando con el tiempo y que pasa por escucharlo,
conocer sus necesidades y deseos y, por ende, respetarlo y aceptarlo. Esto permitirá el establecimiento
de las bases para construir una sólida relación de pareja.


Las diferencias existen y muchas veces pueden derivar en discusiones, pero estas no tienen por qué ser
conflictivas. Lo ideal es que las atajemos a tiempo, con la mejor voluntad y disposición, para llevarlas a
buen término, sin deteriorar la relación. El diálogo debe estar por delante, buscando el mejor momento y
lugar, cuando todo esté tranquilo y se haya evaluado la situación en frío.


Es primordial que tengamos presente que la falta de diálogo puede empeorar cualquier situación, por
simple que esta sea, dando lugar al distanciamiento y, por ende, a una relación en crisis. El propósito es
disminuir la tensión desde el principio, exponer diferencias de la mejor manera posible y escuchar con
atención al otro, ponerse en su lugar y considerarlo.


Ante una discusión, debemos hablar con confianza, sintiéndonos libres de exponer nuestras emociones,
sin criticar, ni siquiera con gestos, porque esto generaría autodefensa, cohibición y frustración. Es
esencial que mantengamos el autocontrol ante el enfado, manifestarnos pacíficamente, identificando los
sentimientos propios y expresándolos de forma saludable, para que disminuya la tensión.

Está sobreentendido que la violencia es inconcebible en cualquier relación, desde cualquier punto de
vista. En cambio, el acercamiento físico afectivo siempre será bienvenido y recomendable. Tomarse de
la mano, darse un abrazo o un beso es una invitación a no discutir.

En la búsqueda de la armonía

Tenemos que ser humildes y, si consideramos que hemos cometido errores y que nuestro
comportamiento no ha sido el adecuado, lo más sano es disculparnos. Pedir perdón no rebaja a nadie,
más bien es señal de comprensión y de propósito de acabar con las dificultades y de que el otro sí
importa.


A la hora de sentarse a hablar los integrantes de la pareja, deben hacerlo sobre el tema en discusión,
sobre lo más reciente y no por desacuerdos del pasado. Cada circunstancia es diferente y no debe
mezclarse con otras, porque esto solo empeora la situación. Por esta misma razón, es importante que
los dos pongan de su parte, no se trata de ganar, sino de trabajar en conjunto, generar consensos,
buscar una solución lo antes posible y cerrar ese capítulo de su relación.


Muchas veces las discusiones pueden resultar positivas, porque mejoran la comunicación y el
conocimiento del otro, lo que conlleva al entendimiento y a la tolerancia. Ambos aprenden a manejarlas
sobre la base de que, en toda pelea, lo más probable es que cada quien tenga su parte de razón.
Toda controversia permite saber cómo actuar en el futuro, teniendo presente lo aprendido, para
mantener una relación sana y madura y evitar poner en riesgo su estabilidad.


Deberíamos asumir las discusiones como una oportunidad para profundizar en el conocimiento del otro
y así desarrollar acciones en conjunto para proteger la relación, siempre teniendo presente que existen
muchas cosas en común y un afecto mutuo que condujo a la unión.


Al aceptar esa realidad, será más fácil escuchar al otro, entender sus necesidades, conocer sus deseos
y, por ende, transitar por la vida en pareja en armonía.

¿Comenzamos a trabajar en tu relación?